Desclasados: cómo la juventud boliviana perdió su memoria de clase y su identidad
1. Introducción: el grafiti en la pared
En las paredes del centro de La Paz, durante los días más críticos de noviembre de 2019, alguien escribió con pintura negra: "Vuelvan a su campo, indios de mierda". En Santa Cruz, otro muro decía: "Evo al paredón, tus indios al cerro". En Potosí, un grafiti más sofisticado, con tipografía cuidada: "Bolivia no es plurinacional, es mestiza".
No fueron obras de vándalos anónimos. Fueron el síntoma de algo más profundo y más terrible: una juventud boliviana que, en pleno siglo XXI, en pleno Estado Plurinacional, había decidido odiar a los pobres, odiar a los indígenas, odiar a su propia abuela chola.
Este artículo no es un ejercicio académico. Es una denuncia. Pero también es una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que en el país que protagonizó la "revolución democrática y cultural" más importante de las últimas décadas en América Latina, miles de jóvenes hayan salido a las calles a defender el racismo, el clasismo y el golpe de Estado?
La respuesta no es sencilla, pero podemos nombrarla con una palabra que los libros de sociología no usan lo suficiente: desclasamiento.
Desclasamiento no es solo "perder dinero" o "cambiar de barrio". Desclasamiento es perder la memoria de dónde se viene. Es avergonzarse del origen popular. Es adoptar los discursos de quien te explota. Es creerte de clase alta cuando tu cuenta bancaria dice lo contrario. Es, en definitiva, votar y protestar contra tus propios intereses mientras insultas a quienes siguen siendo pobres como tú lo fuiste.
Y en Bolivia, el desclasamiento juvenil no empezó en 2019, pero ese año lo mostró en toda su crudeza. Los jóvenes de las "resistencias" —con sus motocicletas, sus parrilladas en medio de los bloqueos, sus porras y sus entrenamientos de soft combat— no nacieron odiando. Alguien les enseñó. Algo les falló.
Este artículo recorre las huellas de ese desclasamiento: los grupos paramilitares juveniles en el eje troncal y en ciudades como Potosí y Sucre, los discursos de odio que normalizaron el término "orco" para referirse al indígena, el mito del "todos somos mestizos" promovido por políticos y medios, el vacío educativo que borra las luchas sociales, y la pérdida de memoria histórica que convierte a jóvenes de 18 años en repetidores de mentiras oficiales sobre las masacres de Senkata y Sacaba.
Pero también ofrecemos algo más que diagnóstico: una carta abierta a las y los jóvenes desclasados. Porque si algo nos enseñaron los movimientos sociales bolivianos es que la conciencia no nace, se construye. Y lo que se construye mal, se puede reconstruir.
2. 2019: el año que partió la conciencia de clase
Hay años que duelen. Hay años que marcan un antes y un después en la memoria colectiva de un país. Para Bolivia, 2019 es uno de esos años. No solo por el golpe de Estado que derrocó a Evo Morales —algo que ya de por sí merecería páginas enteras—, sino por lo que vino después: una explosión de racismo y clasismo que muchos creían enterrado bajo los escombros del neoliberalismo.
Lo que vimos en las calles entre octubre y noviembre de 2019 no fue una "rebelión cívica". Fue un desfile de odio de clase con disfraces democráticos.
Los jóvenes de los barrios acomodados
En la zona Sur de La Paz —Calacoto, Achumani, Obrajes, San Miguel— jóvenes con ropa de marca, cascos y banderas bolivianas organizaron "bloqueos gourmet": ponían pitas, sillas, autos de alta gama, y junto a ellos mesas con parrilladas, vino y música electrónica. El objetivo: impedir el paso de cualquier vehículo. Pero el mensaje real era otro: "nosotros, los que tenemos, mandamos. Ustedes, los indios de El Alto, no pasan".
Un joven de la Resistencia paceña, entrevistado por un medio local en ese entonces, dijo sin pudor: "Esto no es un bloqueo, es una fiesta. La fiesta de la libertad". La libertad para quién. La libertad para impedir que una madre de El Alto llegue a su trabajo de empleada doméstica. La libertad para que un vendedor de frutas de Villa Fátima pierda su día de venta. La libertad para que un minero de Potosí no pueda llegar al hospital.
En Santa Cruz, la Unión Juvenil Cruceñista (UJC) —heredera de los movimientos fascistas de los años 70— montó puntos de control en la avenida Cristo Redentor y en el Plan Tres Mil. No pedían documentos. Pedían lealtad. "¿Eres masista? A tu casa, indio", gritaban. Y quemaban sedes sindicales, atacaban motorizados, amenazaban dirigentes vecinales.
En Cochabamba, la Resistencia Juvenil Cochala (RJC) hizo algo peor: golpearon mujeres de pollera en plena vía pública, además de mujeres autoridades o activistas que se resistían a sus amedrentamientos. Una de ellas, Patricia Arce, alcaldesa de Vinto, fue secuestrada, la descalzaron, con el cabello cortado a la fuerza, bañada en pintura roja y humillada frente a las cámaras. Su delito: ser mujer, ser indígena, ser del MAS.
Los jóvenes de barrios populares también replicaban el odio
Pero sería un error pensar que solo los jóvenes ricos participaron del desclasamiento. En El Alto, en Ciudad Satélite, en la periferia de Obrajes, Pampajasi, Chasquipampa, Sopocachi alto, Miraflores y villas—barrios históricamente de clase media trabajadora— también hubo jóvenes que salieron a las calles contra Evo Morales. No lo hacían desde la riqueza. Lo hacían desde la aspiración.
Un joven de la UMSA no puede pagar una universidad privada, pero aspira a parecerse a quien sí puede. Repite sus discursos, usa sus memes, comparte sus cadenas de WhatsApp, se viste como ellos, habla como ellos, insulta como ellos. Es lo que el sociólogo francés Didier Eribon llama "retorno a lo reprimido": la vergüenza de clase se transforma en desprecio hacia los que siguen siendo lo que uno fue.
En Potosí, el COMCIPO —Comité Cívico Potosinista— organizó a jóvenes urbanos para quemar casas de dirigentes sindicales y autoridades, además de secuestrar y torturar. Y en Oruro, el Comité Cívico hizo lo mismo. Quemaron la casa de la hermana de Evo Morales, la del Gobernador y de otras autoridades. Con el mismo modus operandi: palos, dinamita, gasolina y una sensación de impunidad que hasta hoy no ha sido completamente juzgada.
La "Generación Pitita"
Un estudio académico de 2024 acuñó un término para describir a estos jóvenes: Generación Pitita. No es un apelativo etario sino simbólico: son los jóvenes que, desde sus teléfonos y sus cuentas de Instagram, legitimaron el golpe de Estado. No necesitaban armas. Necesitaban likes, pititas en sus zonas y violencia si no las respetabas. Y los consiguieron.
La investigación, publicada en la Revista Latinoamericana de Comunicación Social, encontró que las redes sociales —Facebook, X y TikTok— funcionaron como "estructuras de movilización de la acción colectiva" para el discurso de odio. Los jóvenes no solo compartían noticias falsas antes, durante y tras el Golpe de Estado; las fabricaban. Memes de Evo Morales con nariz de cerdo o cara de mono y orko, fotos de indígenas manipuladas para hacerlos ver sucios o historietas que los mostraban como seres "no humanos" sino como animales, cadenas de audio diciendo que los "masistas" iban a saquear sus casas.
El resultado: un ejército virtual de jóvenes desclasados que, desde sus habitaciones, apoyaban la represión policial y militar a la población que demandaba respetar la democracia, tras el Golpe de Estado. Y cuando el saldo fue de 37 muertos —según el informe de la Defensoría del Pueblo—, muchos de ellos escribieron: "se lo buscaron".
3. Los grupos paramilitares juveniles: Resistencia paceña, RJC, Unión Juvenil Cruceñista, COMCIPO
No fueron espontáneos. No fueron "ciudadanos autoconvocados". Los grupos juveniles que actuaron como brazo de choque durante el golpe de Estado y los meses posteriores tuvieron organización, logística, financiamiento y, en muchos casos, protección estatal durante el gobierno de Jeanine Áñez.
A continuación, un recorrido por los principales grupos paramilitares juveniles que operaron en Bolivia entre 2019 y 2020, con sus métodos, sus víctimas y su impunidad relativa.
3.1 Resistencia paceña (La Paz)
Origen: Surgió en octubre de 2019 en los barrios del sur de La Paz, pero rápidamente se expandió a zonas como Sopocachi, Miraflores y San Pedro. Estaba compuesta mayoritariamente por jóvenes de clase media y media alta, muchos de ellos estudiantes universitarios de universidades privadas (UPB, UCB, Univalle) y algunos de la UMSA.
Métodos:
- Bloqueos urbanos con motocicletas, autos y obstáculos.
- Entrenamientos de "soft combat" en canchas de fútbol y parques (se documentaron prácticas los fines de semana en el parque Auquisamaña, en la zona de Irpavi y de algunas áreas verdes de Sopocachi).
- Uso de porras, piedras, cascos, escudos (partes de turriles) y en algunos casos armas de fuego.
- Coordinación con la policía y personal del municipio: varios videos mostraron a efectivos policiales dejando pasar a los motorizados de la Resistencia mientras detenían a otros ciudadanos y a personal de la Alcaldía paceña, que manejaba la logística de las movilizaciones en determinados momentos, distribuyendo petardos y otros elementos a los movilizados.
- La Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) fue denunciada públicamente el 3 de noviembre por el Ministerio de Gobierno por esconder en sus inmediaciones elementos para un enfrentamiento, entre ellos: escudos y máscaras de fierro e instrumentos explosivos.
- Quemaron la vivienda e Evo Morales y robaron todos los obsequios que recibió de diversos países y de las y los bolivianos a lo largo de sus gestiones. Los vecinos relataron que los agresores llegaron en motocicletas, rompieron puertas y ventanas, rociaron gasolina y prendieron fuego, mientras gritaban "fuera indios".
Víctimas documentadas:
- Comerciantes del mercado Rodríguez que intentaron reabrir sus puestos fueron agredidos.
- Una familia de origen aymara que circulaba por la zona Sur fue bajada de su auto y golpeada bajo el grito de "indios de mierda".
- El dirigente vecinal de Villa Copacabana, Marcelino Copa, fue interceptado y amenazado de muerte.
- El 6 de noviembre de 2019, un grupo de estudiantes que bloqueaban, en inmediaciones del atrio del Monoblock de la UMSA, destrozó e incendió un vehículo tipo taxi.
Estatus legal: Hasta 2025, solo tres personas vinculadas a la Resistencia paceña fueron procesadas por delitos menores (daños a la propiedad privada). Ninguna por delitos de lesa humanidad.
3.2 Resistencia Juvenil Cochala (RJC) — Cochabamba
Origen: Organizada desde finales de octubre de 2019, la RJC se convirtió en el brazo más violento del golpe en el valle. Su líder operativo fue identificado como Luis Fernando López (alias "El Lucho"), aunque se investigó su vínculo con el entonces Ministro de Gobierno, Arturo Murillo.
Métodos:
- Motociclistas armados con porras y bates.
- Ataques selectivos a dirigentes del MAS, mujeres de pollera y organizaciones sociales.
- Quema de sedes sindicales y de viviendas particulares.
- Secuestros exprés y tortura.
Víctimas emblemáticas:
· Patricia Arce (alcaldesa de Vinto): secuestrada el 24 de noviembre de 2019, fue arrastrada por los pies, despojada de su ropa, con el cabello cortado a la fuerza, bañada en pintura roja y paseada semidesnuda por las calles de Vinto. Los agresores gritaban "zorra masista" e "india de mierda". La Defensoría del Pueblo calificó el hecho como "tortura con ensañamiento por motivos políticos y raciales".
· Mujeres de pollera: al menos 12 mujeres que vestían pollera fueron agredidas físicamente en distintos puntos de Cochabamba, la mayoría por el solo hecho de portar una wiphala o una prenda azul.
· Campesinos de la zona de Sacaba: cuando marcharon hacia la ciudad para pedir la renuncia de Áñez, fueron recibidos a balazos por la policía (masacre de Sacaba, 15 de noviembre de 2019) y simultáneamente atacados por la RJC por la retaguardia.
Financiamiento: Una investigación periodística de 2021 reveló que la RJC recibió combustible de la Séptima División del Ejército, con base en Cochabamba. Arturo Murillo, en una conferencia de prensa, dijo textualmente: "A la Resistencia Juvenil hay que agradecerle por lo realizado. Esa gente fue útil para esta ciudad".
Estatus legal: López fue detenido en 2021, pero liberado por falta de pruebas en 2022. La mayoría de los miembros de la RJC nunca fueron identificados formalmente.
3.3 Unión Juvenil Cruceñista (UJC) — Santa Cruz
Origen: La UJC no nació en 2019. Fue fundada el 7 de octubre de 1957 como el brazo cívico y de choque del Comité Pro Santa Cruz, el fundador fue Carlos Valverde Barbery, líder de la Falange Socialista Boliviana (FSB), un grupo nacionalista creado en la década de 1930 a imagen y semejanza de la Falange Española de José Antonio Primo de Rivera en España. Según su fundador, "la Unión de la Juventud Crucenista fue creada para ser el 'brazo armado' del Comité Cívico de Santa Cruz, encargándose no sólo de la lucha callejera, sino también del adoctrinamiento popular y el apoyo militar al comité".
En 2019, resurgió con una virulencia inusitada.
Métodos:
- Patrullajes armados en barrios populares como el Plan Tres Mil, Villa 1ro de Mayo o el barrio COFADENA en Montero, además de otros sectores populares en el departamento.
- Quema de sedes sindicales (la Federación de Trabajadores Fabriles fue incendiada el 12 de noviembre de 2019).
- Ataques con "motochorros" (motociclistas que golpeaban y robaban a transeúntes identificados como "masistas").
- Uso de redes sociales para convocar a "limpiezas" de barrios.
- Uso de redes sociales para convocar a "limpiezas" de barrios.
- Logística para bloquear y amedrentar a quienes se rehusaron, entre ellos los gremiales.
Víctimas documentadas:
- Fabricio Mamani, un joven de 19 años, fue golpeado por miembros de la UJC cuando salía de su trabajo en una fábrica de ladrillos en el Plan Tres Mil. Su delito: llevar un llavero con la bandera de la wiphala.
- Dirigentes vecinales: al menos 5 dirigentes de zonas periféricas fueron obligados a firmar cartas de renuncia al MAS bajo amenaza de quema de sus viviendas.
- Comerciantes del mercado La Ramada: debieron cerrar por una semana por miedo a represalias.
- Peatones con rasgos indígenas o poleras azules, que pasaban por la plaza principal 24 de Septiembre, fueron interceptados para revisarles sus carnets de identidad o pedirles explicaciones de por qué se encontraban en el lugar, para luego insultarlos o golpearlos. En muchos casos se les tildaba de "collas, indios de mierda" o "vayanse indios de mierda".
Estatus legal: El líder de la UJC en 2019, identificado como Juan Pablo Roca, se presentó como candidato a concejal por un partido de derecha en 2021 (no fue electo). No existe ningún procesamiento penal contra la UJC como organización.
3.4 COMCIPO (Potosí) y Comité Cívico de Oruro
Potosí:
El COMCIPO (Comité Cívico Potosinista) actuó bajo la lógica de "defensa del departamento", pero en los hechos se dedicó a perseguir a dirigentes sociales y a sus familias.
Víctimas:
- Quema del edificio del Tribunal Electoral Departamental (TED) de Potosí el 22 de octubre de 2019, tras la denuncia de un presunto fraude en las elecciones generales, de parte de Marco Antonio Pumari, en ese entonces presidente de Comité Cívico Potosinista - COMCIPO.
- El expresidente de la Cámara de Diputados, Víctor Borda, renunció el 10 de noviembre de 2019 por amenazas y coerción. Su casa fue incendiada y su hermano tomado como rehén, lo que lo obligó a dimitir.
- Marco Antonio Borda, hermano del exparlamentario también testificó ante el Tribunal indicando que en 2019 ingresaron a su vivienda, lo maniataron, torturaron e incendiaron el inmueble para presionar la renuncia de Víctor Borda, según él, por órdenes de Marco Antonio Pumari.
- El exministro de Minería César Navarro reveló que en 2019 se vio obligado a renunciar a su cargo debido al nivel de violencia incontenible y ante amenazas que ponían en riesgo la vida de su hermano y entorno familiar en Potosí. "Cerca de las 12.00 del domingo 10 de noviembre de 2019 recibo una llamada a mi celular de una persona amenazando que si no renuncio matan a mi hermano y queman la casa, dicen. Fue un momento muy crítico, en ese momento más de 200 personas llegaron a mi casa en Potosí, hicieron volar la puerta con dinamita e ingresaron con escalera", relató en el programa Piedra, papel y tinta de La Razón y Extra.
- Viviendas de dirigentes sindicales mineros: al menos 8 casas fueron atacadas en la zona de Villa Imperial.
Oruro:
- El Comité Cívico de Oruro coordinó ataques a la Casa de la hermana de Evo Morales, que fue incendiada el 9 de noviembre de 2019. Los vecinos relataron que un grupo de manifestantes saqueó la vivienda, que se encontraba en etapa de construcción, y posteriormente le prendió fuego. El expresidente Evo Morales denunció el hecho en su momento como parte de un "plan de golpe fascista".
- Quemaron la casa del Gobernador y varias propiedades de dirigentes de la Central Obrera Boliviana (COB).
Elemento común: en ambos departamentos, los grupos juveniles recibieron apoyo logístico de los comités cívicos departamentales, que proporcionaban combustible, fuegos pirotécnicos, explosivos, movilidad y en algunos casos armas.
3.5 Sucre: la violencia también tuvo nombre
En Sucre, los jóvenes se organizaron en torno al Comité Cívico Chuquisaqueño. Su método fue diferente: no quemaron casas, pero bloquearon el aeropuerto, atacaron la Fiscalía General (en octubre de 2020, un grupo intentó tomar el edificio) y amenazaron a periodistas.
Un hecho documentado: el 10 de diciembre de 2019, un grupo de jóvenes encapuchados irrumpió en la sede de la Asamblea Legislativa Departamental, golpeó a los guardias de seguridad y robó documentación. Nunca fueron identificados.
El patrón común
Lo que une a todos estos grupos —Resistencia paceña, RJC, UJC, COMCIPO, comités cívicos de Oruro y Chuquisaca— es un patrón claro:
- Juventud urbana de clase media y media-alta (aunque con sectores populares que se sumaron por aspiración).
- Discurso de odio racista y clasista articulado en torno a la idea de que los indígenas y los pobres "no merecen derechos".
- Uso de motocicletas como herramienta de movilidad rápida y ataque.
- Entrenamiento paramilitar (soft combat, defensa personal, manejo de porras o palos).
- Impunidad casi total: hasta 2025, no ha habido una sola condena por delitos de lesa humanidad contra estos grupos.
Y detrás de todos ellos, una pregunta que nadie ha respondido: ¿quién los financió? ¿quién les dio los cascos, las motos, la gasolina, los teléfonos? ¿quién les dijo que estaba bien golpear a una mujer de pollera?
4. ¿Qué es el desclasamiento?
Ya hemos usado la palabra "desclasamiento" varias veces. Es hora de definirla con precisión, porque no es un término que aparezca en los libros de texto bolivianos. Y esa ausencia no es casual.
Definición operativa
Por desclasamiento entendemos un proceso psicosocial y político mediante el cual una persona o grupo perteneciente a las clases populares o medias bajas:
- Pierde solidaridad de clase (deja de reconocerse en quienes comparten su origen económico y social).
- Adopta discursos, valores y prácticas propias de las clases altas o medias altas (aunque sus condiciones materiales no hayan cambiado significativamente).
- Siente vergüenza por su origen popular (familia, barrio, vestimenta, idioma, rasgos físicos).
- Olvida o desprecia la historia de luchas sociales que conquistaron sus derechos actuales.
El desclasamiento no es lo mismo que el ascenso social (que implica una mejora real en las condiciones de vida). Puede haber desclasamiento sin un solo peso más en el bolsillo. De hecho, el desclasamiento más peligroso es el de quienes siguen siendo pobres, pero se creen ricos.
El joven de la UMSA que quiere ser de la UPB o de la UCB
Pongamos un ejemplo concreto.
Un joven de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) —pública, gratuita, con alto porcentaje de estudiantes de origen aymara y quechua— aspira a estudiar en la Universidad Privada Boliviana (UPB) o la Universidad Católica Boliviana (UCB). No tiene dinero para hacerlo. Pero replica el lenguaje, los gustos, los memes y las posiciones políticas de los estudiantes de esas universidades privadas.
¿Por qué? Porque la sociedad le ha enseñado que lo público es "inferior", que lo indígena es "atrasado", que lo popular es "vulgar y ordinario" . Y él, aunque no tenga acceso real a la clase alta, sí tiene acceso a sus discursos. Y los adopta como propios.
El resultado: un joven que proviene de una familia de comerciantes o trabajadores, que vive en El Alto o en una zona periférica, pero que insulta a los "indios", que se burla de la pollera, que vota por partidos de derecha y que, si pudiera, quemaría una wiphala o un poncho rojo.
Eso es desclasamiento.
Los motociclistas repartidores: "soy mi propio jefe"
Otro ejemplo: los jóvenes motociclistas que trabajan para plataformas de delivery (PedidosYa, Yango, TaDa Delivery, etc.). Son trabajadores dependientes, disfrazados de "emprendedores". No tienen seguro, aguinaldo y vacaciones; pero muchos de ellos defienden al empleador, rechazan los sindicatos y votan por partidos que flexibilizan aún más sus condiciones laborales.
¿Por qué? Porque el discurso neoliberal del "esfuerzo personal" y la "cultura del emprendimiento" les ha hecho creer que son dueños de su destino. Se sienten de clase media. No lo son. Pero se sienten.
Y esa sensación es suficiente para que actúen contra sus propios intereses de clase.
El desclasamiento no es solo individual
Importante: el desclasamiento no es solo un problema de "conciencia individual". Es un mecanismo estructural que reproduce la dominación de clase. Las élites necesitan que los pobres odien a los pobres. Necesitan que un vendedor ambulante desprecie a otro vendedor ambulante. Necesitan que un minero cooperativista o un chofer de transporte público se sientan superiores a un campesino o gremial.
Porque mientras los de abajo se odien entre sí, no se unirán contra los de arriba.
En Bolivia, el desclasamiento ha sido una herramienta política durante décadas. El mito del mestizaje —del que hablaremos en la siguiente sección— es su versión más sofisticada.
5. El mito del mestizaje como máquina de desclasamiento
"Todos somos mestizos". Esa frase, repetida hasta el cansancio por políticos, intelectuales y medios de comunicación, parece inocente, incluso incluyente. ¿Acaso no es cierto que la mayoría de los bolivianos tenemos sangre indígena y europea?
El problema no es la mezcla biológica. El problema es lo que esa frase hace: borra la diferencia, niega la opresión, disuelve la identidad.
El origen político del mito
El "todos somos mestizos" no nació en el pueblo. Lo impusieron las élites después de la Revolución de 1952. El Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) necesitaba construir una identidad nacional homogénea que borrara lo indígena como categoría política. La idea era simple: si todos somos mestizos, entonces no hay indios. Y si no hay indios, no hay racismo. Y si no hay racismo, no hay nada que cambiar.
Pero, por supuesto, el racismo siguió existiendo. Solo que ahora se disfrazaba de "integración".
Carlos Mesa y el mestizaje como coartada
Uno de los principales promotores de este mito, en la actualidad, es Carlos Mesa. En su ensayo "La Sirena y el Charango", Mesa defiende la opción mestiza como forma de "aparecer en el mapa de la nación pluricultural". Pero como señala un crítico, "el aymara no niega el pasado —como continuamente lo hace Mesa— lo rechaza, que es totalmente distinto".
Mesa, como otros políticos de derecha, utiliza el mestizaje para no tener que hablar de racismo estructural. Porque si todos somos mestizos, ¿quién puede denunciar discriminación? ¿Quién puede reivindicar una identidad indígena sin ser acusado de "dividir al país"?
La trampa del mestizo racista
Lo más doloroso es que el mestizo con rasgos indígenas es a menudo el más racista con sus iguales. El que "pasó la raya" —que logró estudiar, que tiene un trabajo de oficina, que ya no usa pollera— se convierte en el más feroz perseguidor de los que todavía son "indios".
Es el fenómeno del "odio al que quedó atrás". La vergüenza de clase se externaliza como violencia hacia los que siguen siendo lo que uno fue.
En Bolivia, esto se ve a diario:
- El vendedor de un puesto en el mercado que insulta al vendedor ambulante.
- El chofer de un minibús que le grita "india" a una mujer con pollera que sube con su hijo.
- El estudiante universitario que se burla del compañero que habla quechua o aymara.
Todos ellos mestizos. Todos ellos descendientes de indígenas. Todos ellos reproduciendo el racismo que los oprimió.
El mestizaje como negación del plurinacionalismo
El mito del mestizaje es incompatible con el Estado Plurinacional. La Constitución de 2009 reconoce explícitamente la preexistencia de las naciones indígena originario campesinas. No dice "todos somos mestizos". Dice que Bolivia es un país diverso, pluricultural y plurilingüe.
Pero la derecha boliviana —y también sectores del MAS, hay que decirlo— han sido cómplices de mantener el mestizaje como imaginario dominante, porque es más cómodo, no exige cambios estructurales y permite seguir explotando a los indígenas, mientras se dice que "todos somos iguales".
Datos concretos
Un estudio de 2022, publicado en La Razón, demostró que la sociedad boliviana sigue tratando como "indios" a quienes tienen piel oscura, hablan una lengua nativa o usan pollera, incluso si ellos mismos se autoidentifican como mestizos. La categoría "mestizo" no protege del racismo. Solo lo invisibiliza.
Y la consecuencia política de este mito es clara: el voto por partidos tradicionales que representan a las élites. Porque si no hay opresión indígena, si todos somos iguales, entonces cualquier política de reparación o acción afirmativa es "innecesaria" o "discriminatoria".
6. La educación que no enseña (y la que debería enseñar)
Si el desclasamiento tiene una fábrica, esa fábrica se llama sistema educativo.
Lo que no se enseña
En los colegios bolivianos, la currícula oficial (Ley de Educación Avelino Siñani y Elizardo Pérez) incluye contenidos sobre descolonización, derechos indígenas y justicia social. En el papel.
En la realidad, la mayoría de los profesores —formados en la vieja escuela— siguen dictando clases como si la Revolución de 1952 no hubiera pasado. No enseñan sobre clase social. No enseñan sobre racismo estructural. No enseñan sobre la historia de los movimientos obreros y campesinos.
Un profesor de historia en un colegio fiscal de El Alto, consultado en 2023, admitió: "El libro dice que tenemos que hablar de la masacre de San Juan, pero yo no lo doy porque se presta a politiquería".
La "politiquería" es la memoria. La memoria es la lucha.
La resistencia docente
La Ley Avelino Siñani encontró resistencia desde el principio. Los profesores tradicionales —sobre todo en los colegios fiscales de las ciudades— boicotearon la implementación de la nueva currícula, argumentaban que era "adoctrinamiento", pero lo que defendían, en el fondo, era la reproducción de un sistema que les era cómodo.
El resultado: generaciones enteras de jóvenes bolivianos que salen del colegio sin saber quién fue Domitila Barrios de Chungara, sin saber qué fue la masacre de Todos Santos de 1979, sin saber que es el Plan Cóndor y cómo instauró dictaduras en América Latina..
La universidad: solo para sociólogos y antropólogos
En la universidad, el panorama no es mejor. Los temas de clase social, racismo estructural y movimientos populares solo se ven en carreras como Sociología, Antropología o Trabajo Social. Un estudiante de Ingeniería, Medicina, Derecho o Administración de Empresas puede pasar cinco años en la universidad sin leer una sola línea sobre la guerra del gas, el genocidio de 2003 o las luchas obreras del siglo XX.
Y estos estudiantes son los que luego serán gerentes, jueces, médicos o funcionarios públicos. Personas que toman decisiones sobre la vida de los pobres sin tener la menor idea de cómo se conquistaron los derechos de los pobres.
Las excepciones que confirman la regla
Existen iniciativas. En octubre de 2024, el gobierno realizó un "Encuentro de Juventudes" en El Alto para debatir descolonización y despatriarcalización. Participaron estudiantes de secundaria, universidades públicas y privadas. Fue un evento valioso.
Pero un evento no cambia un sistema, mientras la formación docente siga siendo la misma, mientras los textos escolares sigan siendo los mismos, mientras la evaluación educativa no mida conciencia crítica, estos encuentros serán apenas parches.
Lo que debería enseñarse
Una educación anticlasista y antirracista en Bolivia debería incluir obligatoriamente:
- Historia de las luchas sociales bolivianas (desde la rebelión de Túpac Katari hasta la guerra del gas).
- Teoría elemental de clases sociales (qué es la explotación, qué es la plusvalía, qué es el trabajo asalariado).
- Racismo estructural (cómo opera, cómo se reproduce, cómo se combate).
- Memoria de las masacres (San Juan, Todos Santos, Senkata, Sacaba y otras) no como anécdotas, sino como lecciones de por qué la democracia no se regala, se pelea.
- Análisis de discursos de odio en redes sociales (identificarlos, desmontarlos, no replicarlos).
Y todo esto no como "materia aparte", sino como eje transversal de todas las asignaturas. Porque la clase social y el racismo no son temas de sociología. Son temas de biología (quién accede a salud), de matemáticas (quién accede a crédito), de lenguaje (quién puede hablar sin ser discriminado).
7. Testimonios cortos: voces del desclasamiento
A continuación, presentamos tres testimonios recogidos entre 2023 y 2025 en La Paz, Cochabamba y Santa Cruz. Los nombres han sido cambiados por razones de seguridad, pero las historias son reales.
Testimonio 1: Sebastián, 22 años, La Paz
"Yo salí a bloquear en 2019, tenía 17, estaba en un colegio privado de la zona Sur. Mis papás me decían que Evo era un dictador, que nos iba a quitar todo. Yo les creí. Salí con mis amigos, pusimos pitas, hicimos parrilladas. Me sentía importante. Como que estábamos salvando al país.
Después vi los videos de Senkata, me dio cosa, pero mis papás decían que era mentira, que era montaje. Me costó mucho salir de eso. Recién el año pasado, en la universidad, tuve un compañero de El Alto que me contó que su mamá estuvo en Senkata, que vio morir a su vecino. Ahí me di cuenta de que me habían mentido.
Hoy no salgo más. Pero me da vergüenza haber estado ahí. Y veo a mis amigos, que todavía creen las mismas mentiras. No sé cómo decirles que están equivocados."
Testimonio 2: Lucía, 19 años, Cochabamba
"Yo no salí a la calle, pero compartía todo en redes. Memes de Evo con plata, cadenas diciendo que los masistas iban a robarnos. Una vez compartí una foto de una mujer de pollera con un pie de foto feo. Me dio risa en ese momento.
Ahora estudio Trabajo Social. Una profesora nos hizo leer sobre el racismo estructural, me di cuenta de que yo había sido parte del problema. Le pedí perdón a una compañera que es de pollera, ella me dijo que no se enojaba, pero que le dolía.
Ahora no comparto nada sin revisar. Y cuando veo a mis primos compartiendo las mismas cosas que yo compartía, trato de hablarles. Cuesta. Pero lo intento."
Testimonio 3: Kevin, 24 años, Santa Cruz
"Yo fui de la Unión Juvenil Cruceñista. No quemé ninguna casa, pero sí participé en los patrullajes. Íbamos al Plan Tres Mil a 'ver qué pasaba'. En realidad, íbamos a asustar. Una vez le pegamos a un chico porque llevaba una wiphala. No sé ni por qué. Era más chico que yo.
Hoy trabajo en una fábrica. Tengo compañeros que son del occidente. Al principio les tenía bronca. Después me di cuenta de que son igual que yo: quieren llegar a fin de mes, quieren que sus hijos tengan algo mejor.
No puedo devolver el tiempo. Pero cuando escucho a los más jóvenes decir 'indio de mierda', les paro el carro. Les digo que yo también decía eso y que estaba equivocado."
Estos testimonios muestran algo crucial: el desclasamiento no es irreversible. Se puede salir de él. Pero se necesita información, encuentro con el otro y, sobre todo, voluntad de desaprender el odio.
8. Las luchas que se olvidan: 1952, 2003 y 2019
El desclasamiento no es solo un problema del presente. Es también un problema de memoria. Porque quien no recuerda las luchas del pasado, está condenado a votar en contra de sus intereses en el presente.
1952: la revolución que prometió igualdad
La Revolución de 1952 es uno de los hitos más importantes de la historia de Bolivia. Derrocó a la oligarquía minera, nacionalizó las minas, estableció el voto universal, impulsó la reforma agraria.
Pero también tuvo un costo y un límite.
El Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), el partido de la revolución, impuso el mestizaje como ideología oficial, borró lo indígena, creó el mito del "boliviano mestizo" y sentó las bases de un Estado que, aunque ya no era oligárquico, seguía siendo racista.
Hoy, cuando un joven desclasado dice "todos somos mestizos", no sabe que está repitiendo la propaganda del MNR. No sabe que esa frase fue diseñada para que los indígenas dejaran de sentirse indígenas.
Octubre de 2003: no fue "guerra del gas", fue genocidio
En los libros de texto de los colegios privados, la "guerra del gas" se enseña como un conflicto lejano, confuso, donde "hubo muertos de ambos lados". Esa es una mentira.
Entre septiembre y octubre de 2003, el gobierno de Goni, Gonzalo Sánchez de Lozada —un empresario minero con pasaporte estadounidense— ordenó a las Fuerzas Armadas reprimir las protestas contra la exportación de gas a Chile. El saldo: más de 60 muertos, cientos de heridos, miles de detenidos.
Los muertos no eran "de ambos lados". Eran campesinos, obreros, estudiantes, vecinos de El Alto. Gente pobre e indígena. Gente que pedía que el gas sirviera para los bolivianos, no para las transnacionales.
Entre ellos:
Marlene Rojas Ramos, murió el sábado 20 de septiembre de 2003 a los 8 años de un disparo, mientras jugaba en la planta alta de su casa de adobe en Karisa, comunidad de Achacachi y próxima a Warisata, en La Paz. Minutos antes de su muerte, el sonido de los tiros al aire habían llamado su atención; miembros del Ejército de Bolivia habían ingresado a Warisata para acompañar el operativo policial - militar.
La guerra del gas no fue una "guerra", fue una masacre. Y fue también una victoria popular: Goni huyó a Estados Unidos, se anularon los contratos con las petroleras, y años después Evo Morales nacionalizaría los hidrocarburos.
Pero esa victoria —como todas las victorias populares— no fue un regalo, fue conquistada con sangre. Y hoy, muchos jóvenes de 18 años no saben quién fue Gonzálo Sánchez de Lozada, no saben por qué se celebra el 17 de octubre el Día de la Dignidad Nacional, no saben que el gas que usan en sus cocinas fue nacionalizado por la lucha de sus abuelos.
2019: la memoria que hay que defender
De 2019 ya hemos hablado mucho en este artículo. Pero vale la pena insistir en lo que los jóvenes desclasados han olvidado —o les han hecho olvidar— sobre ese año.
Lo que pasó en Sacaba (Cochabamba): el 15 de noviembre de 2019, una marcha campesina fue recibida a balazos. 11 muertos, 102 heridos. Muchos de ellos, de bala. Hoy, esos campesinos no pueden trabajar. Les duele el cuerpo. Les duele la memoria. Y nadie les ha pedido disculpas.
Lo que pasó en Senkata (El Alto): el 19 de noviembre de 2019, militares y policías rodearon la zona de Senkata. Dispararon contra vecinos que protestaban pacíficamente. El resultado: 10 muertos, decenas de heridos. El ministro Arturo Murillo dijo que habían matado a "delincuentes que querían volar la planta de combustible". La Defensoría del Pueblo lo desmintió: eran vecinos, trabajadores, madres de familia.
Lo que pasó en Rosales (Potosí): 2 muertos. En Montero (Santa Cruz): 1 muerto. En Betanzos: 1 muerto.
En total, 37 muertos según la Defensoría del Pueblo, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos habló de "masacres" y la ONU de "uso excesivo de la fuerza".
Y sin embargo, en las redes sociales, en las conversaciones de los jóvenes de clase media, en los memes que circulan hasta hoy, se sigue diciendo: "Se lo buscaron", "Eran terroristas", "La policía se defendió".
Eso es desclasamiento en estado puro, no es ignorancia, es ideología, es la incapacidad de reconocerse en el otro porque el otro es "indio" y "pobre".
La amnesia programada
El filósofo español José Pablo Feinmann decía que "la memoria es subversiva". Por eso los poderosos hacen todo lo posible por borrarla.
En Bolivia, la amnesia se programa desde los medios, desde las escuelas, desde las familias. Y los jóvenes desclasados son sus principales ejecutores. No porque sean malos. Porque nunca les enseñaron otra cosa.
Pero la memoria no se borra del todo, quedan rastros, heridas y sobre todo, la posibilidad de volver a contar la historia.
9. El costo del silencio: ¿qué pasa si seguimos así?
Este artículo no es solo un diagnóstico. Es también una advertencia. Si el desclasamiento juvenil sigue avanzando al ritmo actual, en los próximos 5 a 10 años Bolivia enfrentará consecuencias graves.
1. Más votos para la derecha dura
Los jóvenes desclasados votan. Y votan por partidos que representan los intereses de las élites. En las elecciones de 2025, por primera vez, la mayoría del electorado boliviano fue menor de 35 años. Esa mayoría si no tiene conciencia de clase, si cree en el mito del mestizaje, si repite discursos de odio, dio como resultado electoral un repechaje entre derecha y extrema derecha, un retroceso político profundo.
Cabe aclarar que el Tribunal Supremo Electoral y el Tribunal Supremo de Justicia, también jugaron un rol importante en estas justas electorales al eliminar partidos políticos o candidaturas, evidenciando su principal intención, evitar que Evo Morales participe de ella, al no contar con su histórico instrumento político MAS - IPSP, que fue arrebatado, inicialmente por el Gobierno de Lucho Arce y luego por afines al ex ministro de Gobierno, Eduardo del Castillo.
No es difícil imaginar un gobierno que desmonte las políticas de acción afirmativa, que privatice empresas públicas, que flexibilice el trabajo, que criminalice la protesta. Todo con el aplauso de los jóvenes que creen que "el indio es flojo" y que "el pobre es pobre porque quiere".
2. Normalización del racismo y la discriminación
El discurso de odio que vimos en 2019 no desapareció. Se replegó, pero no se fue. Y si no se combate activamente, volverá con más fuerza.
En 2025, ya se documentaron al menos 30 casos de agresiones racistas en redes sociales contra mujeres con pollera, los comentarios: "aprendan a vestirse", "parecen de la colonia", "vuelvan a su pueblo". Son jóvenes quienes escriben esto.
Si no se frena, el racismo pasará de ser una conducta aislada a ser una norma social y, entonces, lo que pasó en Senkata y Sacaba no será recordado como una masacre, sino como una "medida necesaria".
3. Pérdida total de memoria histórica
Cuando los jóvenes de 2026 no sepan quién fue Túpac Katari, no recuerden la guerra del gas, no distingan entre un golpe de Estado y una "renuncia voluntaria", Bolivia habrá perdido algo irrecuperable: la capacidad de aprender del pasado.
Y un pueblo sin memoria es un pueblo sin defensas que puede volver a caer en dictaduras, en masacres, en gobiernos que entregan los recursos naturales. Porque no habrá nadie que diga "esto ya lo vivimos y salió mal".
4. Un país donde el pobre odia al pobre
El desclasamiento produce el escenario más trágico de todos: que un trabajador explotado defienda al empresario que lo explota, que un indígena discriminado se burle del indígena que sigue siendo discriminado, que un joven sin futuro vote por quienes le cierran el futuro.
Esa es la derrota definitiva de la solidaridad de clase. Y es hacia allí donde nos dirigimos si no hacemos nada.
10. Carta a los jóvenes desclasados
Querido joven que lees esto:
Quizás tú no quemaste ninguna casa. Quizás tú no golpeaste a una mujer de pollera. Quizás tú solo compartiste un meme, o te reíste de un chiste, o pensaste "estos indios siempre protestando".
Pero igual esta carta es para ti.
Porque alguien te mintió. Te mintió cuando te dijo que eres mestizo y que eso te hace igual a todos. Te mintió cuando te dijo que los pobres son pobres porque no se esfuerzan. Te mintió cuando te dijo que la wiphala es un símbolo político y no un emblema de dignidad y hasta está declarada en la Constitución Política del Estado. Te mintió cuando te dijo que lo que pasó en Senkata fue un enfrentamiento y no una masacre.
Te mintieron tus profesores, tus políticos favoritos, los influencers que sigues, los pastores de tu iglesia, los reality shows que ves. Te mintieron para que no preguntes, para que no dudes, para que sigas consumiendo, sigas odiando, sigas votando en contra de ti mismo.
Pero tú puedes dejar de creerles.
Puedes preguntarte: ¿quién se beneficia de que yo odie a los indígenas? ¿quién se beneficia de que yo desprecie a los vendedores ambulantes? ¿quién se beneficia de que yo crea que el esfuerzo personal lo resuelve todo?
La respuesta es simple: los mismos de siempre. Los dueños de las empresas, los políticos de siempre, los que nunca han pasado un día sin agua ni un mes sin trabajo.
Ellos quieren que estés solo. Que no te organices. Que no te solidarices. Porque si tú te juntas con el que es más pobre que tú, con el que es más indígena que tú, entonces juntos podrían hacer lo que hicieron tus abuelos: parar el país, echar a un gobierno, conquistar derechos.
No te pido que te hagas militante de algún partido. Te pido que recuperes tu memoria, que le preguntes a tu abuela o padres cómo vivían antes, que leas un libro de historia que no sea el del colegio, que salgas de tu burbuja de redes sociales y veas con tus propios ojos cómo vive la gente del Plan Tres Mil, de Villa 1ro de Mayo, de la periferia de Oruro, de las villas de La Paz o El Alto.
Te pido que dejes de ser un desclasado, no para que seas "más pobre", sino para que seas más libre y la libertad, hermano o hermana, no se encuentra en un meme de odio. Se encuentra en la solidaridad y la justicia social. Se encuentra en la memoria y la conciencia de clase. Se encuentra en la calle, con los otros.
Vuelve a tus orígenes. No por nostalgia. Por lucha.
11. Recuerda: la memoria es lucha
En diciembre de 2019, cuando la policía y los grupos paramilitares juveniles ya habían hecho su trabajo, una mujer de pollera en El Alto escribió con tiza en la pared de su casa: "Aquí vivió María Mamani, que marchó en la guerra del gas y sobrevivió para ver el Estado Plurinacional".
Ese gesto minúsculo —una inscripción en tiza— es todo lo contrario del desclasamiento. Es memoria. Es identidad. Es lucha.
Porque la conciencia de clase no es algo que se tenga o no se tenga. Es algo que se construye todos los días, en cada conversación, en cada lectura, en cada protesta. Y lo que se construye, también se puede destruir. Eso es lo que está en juego.
Los jóvenes que salieron a las calles en 2019 con sus motocicletas y sus palos no nacieron así. Se hicieron. Y si ellos se hicieron desclasados, nosotros podemos deshacerlo.
No será fácil. Los medios van a seguir mintiendo. Las escuelas van a seguir omitiendo. Los políticos van a seguir dividiendo. Pero la historia de Bolivia es la historia de un pueblo que nunca se rindió. Ni con los caudillos del siglo XIX, ni con las dictaduras del XX, ni con el neoliberalismo de los 90, ni con el golpe de 2019.
Seguimos aquí y seguiremos contando la historia, porque la memoria no es un lujo, es la única arma que tienen los que no tienen nada.
Desclasados, bienvenidos de vuelta. La lucha los espera.
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